
Había un gata blanca y preciosa que me miraba con un poco de aprensión, las orejas moviéndose alante y atrás, los ojos suyos muy fijos en los míos. La luz de la tarde, cálida y calma, se colaba cada vez más débil por la ventana, matizando los colores. Un airecillo suave acariciaba la estancia. Y sonaban rápidas las teclas del ordenador, palabras inundando la casa a través de Sioux, hermosa y morena como las mujeres que pintó Julio Romero de Torres.
Respirar a pleno pulmón, despacio, relajada, como hacía tiempo.
Las risas de ellas. Las voces de ellas.
El agua templada donde me dejé llevar. La luz de las estrellas atravesando la bóveda del techo.
Así como vivían entonces, al menos a ratos.
Al-Andalus.
Música árabe. Unas manos expertas recorriendo mi espalda. Abandono.
Agua. Agua.
Córdoba. Ni lejana, ni sola.
Un regalazo.
Córdoba, hermosa. Muuuuy hermosa.











