
A los 12 años yo tenía una pandilla de amigos bastante maja. Nos reuníamos en la plaza a contarnos chistes. Éramos tímidas nosotras con ellos, y ellos con nosotras, los chistes eran una manera de aligerar tensiones... Y el juego de la cerilla era otro. Consistía básicamente en encender una cerilla y pasarla de mano en mano hasta que a alguien se le apagaba. Y entonces a ese alguien le tocaba pagar una prenda o responder a una pregunta. Y ya se sabe, a esa edad, los chicos un poco atolondrados siempre pedían besos, las chicas se interesaban más por saber... y la pregunta casi siempre era: ¿quién te gusta? Y había que responder!
Una tarde la cerilla se le apagó al chico que por aquél entonces yo consideraba mi príncipe azul (éramos bastante cursis en aquellos tiempos). El muchacho nombró a otra que no era yo. Qué decepción. Pero después se le apagó a otro, y este, colorado hasta las orejas, respondió: me gusta Mariajo... Ni que decir tiene que en aquél momento mi príncipe azul pasó a ser él definitivamente y sin lugar a dudas. Así que cuando aquél fósforo de la suerte se apagó en mis manos yo dije bien alto: Me gusta Pablo! (Por ejemplo, ejem...)
Aquello fue el principio de una relación que duró seis laaargos años. Qué recuerdos tan tiernos...
Pensé que sería para toda la vida, pero eso es otra historia.
La que ahora me ocupa es la historia de aquellos primeros tímidos pasos. El primer beso sentados en el escalón de entrada a una casa en el campo donde pasábamos las tardes. Y aquella tarde era una tarde de otoño dorada y preciosa. Y estábamos solos y él me dijo: ¿puedo darte un beso? Yo respondí que sí encantada ( lo estaba deseando). Y él entonces puso sus labios sobre los míos y allí se recreó tranquilamente hasta que empecé a notar una humedad extraña que al principio no reconocí como su lengua, que era eso lo que se estaba introduciendo en mi boca, pillándome desprevenida (yo no tenía ni idea de que los besos se daban con lengua...) Me hizo cosquillas. Empecé a reírme y me separé de él y le espeté: pero qué haces? Él, paciente, me dijo que era así como se hacía. Dejé de reírme, le miré despacio y le dije: pues empieza otra vez, que me gusta....
Siempre me ha gustado.

Notita final: esto lo he escrito yo,
y sólo yo, por si hubiera dudas...







